La noche caía pesada y elegante sobre la mansión más exclusiva de la ciudad, una construcción de piedra blanca y columnas imponentes que se alzaba entre jardines perfectamente recortados y fuentes iluminadas que cantaban en la oscuridad. En su vestíbulo principal, el aire parecía brillar con el reflejo de la luz de los deslumbrantes candelabros de cristal que colgaban del techo alto, lanzando destellos dorados por todas partes. Mateo, un joven de origen humilde que nunca en su vida había estado en un lugar ni remotamente parecido a aquel, se miraba asombrado en un inmenso espejo de marco dorado que ocupaba casi toda una pared.
Vestía un impecable esmoquin negro que le habían prestado especialmente para la ocasión, ajustado perfectamente a su cuerpo por una costurera que la joven había contratado, con una camisa blanca de cuello rígido y una pajarita negra que él mismo había intentado atar tres veces antes de lograrlo, aunque seguía sintiendo que le quedaba un poco torcida. Se sentía como un impostor, como si en cualquier momento alguien entrara al vestíbulo, lo mirara con atención y lo descubriera de inmediato, señalándolo con el dedo y gritando que no pertenecía allí, que era solo un chico del taller mecánico que se había colado en un mundo que no era el suyo. Recordó su pequeño apartamento en el barrio obrero, las manos siempre un poco manchadas de grasa que tanto le costó limpiar esa tarde, el olor a aceite y metal que impregnaba su ropa de trabajo, y sintió un vuelco en el estómago. Aquello era demasiado, demasiado lujoso, demasiado ajeno.
A su lado estaba ella, Isabel, la joven que lo había contratado hacía apenas una semana para cumplir un papel imposible. Lucía un elegante vestido de terciopelo color vino que resaltaba su figura, sus cabellos oscuros recogidos con cuidado en un peinado clásico y unas joyas discretas pero valiosas que brillaban con cada movimiento. Era la hija única de una de las familias más poderosas del país, acostumbrada desde niña a los lujos, a las fiestas exclusivas, a las cenas con presidentes y empresarios, y también a las presiones constantes de la alta sociedad. Su padre llevaba meses insistiendo en que se casara con el hijo de uno de sus socios de negocios, un hombre arrogante y frío que Isabel no soportaba, y desesperada por escapar de aquel matrimonio arreglado, había ideado un plan desesperado: contratar a alguien para que fingiera ser su prometido millonario, alguien que su padre no pudiera rechazar, y así ganar tiempo para decidir su propio futuro.
Y había elegido a Mateo. Lo había conocido tres semanas antes, cuando su coche de lujo se averió en medio de la carretera y él, que pasaba por allí después de salir del trabajo, se detuvo para ayudarla sin pedir nada a cambio, sin reconocerla, sin tratarla de forma diferente por su ropa cara o su vehículo. Le había arreglado el motor en veinte minutos, se había limpiado las manos en un trapo sucio y le había sonreído con una naturalidad que Isabel no recibía desde hacía años. Y en ese instante, supo que él era la persona indicada para el papel: honesto, sencillo, sin intereses ocultos, alguien que no intentaría aprovecharse de ella.
Mateo se pasó una mano por el cabello, nervioso, y susurró las palabras que llevaba repitiendo en su cabeza desde que salieron del coche minutos antes.
—No puedo creerlo —dijo, mirándose al espejo con una mezcla de fascinación y miedo profundo, tocándose ligeramente el cuello de la camisa como si le apretara demasiado—. Me veo como otra persona. Como alguien que realmente pertenece a este mundo. Como si hubiera nacido aquí.
Isabel sonrió con complicidad mientras lo admiraba de pies a cabeza, acercándose un poco a él con elegancia para arreglarle ligeramente el cuello de la camisa y enderezarle la pajarita, con un gesto tan natural que casi parecía real, como si realmente fueran una pareja de enamorados.
—Pareces un verdadero millonario —le dijo con voz suave, bajando la voz para que solo él la escuchara en medio del silencio del vestíbulo—. Jamás imaginarán de dónde vienes. Solo mantén la calma, recuerda lo que practicamos estos días, y todo saldrá bien. Mi padre no tiene por qué saber la verdad. Solo tienes que sobrevivir a esta cena, y luego te pagaré el doble de lo que acordamos, te lo prometo.
Mateo volteó a verla rápidamente, con tono de urgencia, sintiendo cómo los nervios le apretaban el estómago con fuerza. Sabía que un solo error, una sola respuesta equivocada, una sola duda en su mirada, podría arruinar todo el plan y dejarlo en ridículo frente a toda la alta sociedad de la ciudad. Y no solo eso: temía decepcionar a Isabel, que había confiado en él a pesar de no conocerlo casi nada.
—Enséñame a actuar como tu prometido —pidió, con los ojos llenos de ansiedad, buscando en la mirada de ella algo de seguridad—. No quiero fallarte. No quiero que te regañen por mi culpa, ni que tu padre te obligue a casarte con ese otro hombre por mi error. Dime qué hacer, cómo mirarte, cómo hablar, cómo sentarme, qué cubiertos usar primero. Haré lo que sea, lo que necesites.
Isabel le tomó la mano con suavidad, apretándola un poco para infundirle valor, y le dedicó una mirada tranquila que lo calmó un poco, aunque solo fuera por unos segundos.
—Solo sé tú mismo —le dijo en un susurro, mirándolo a los ojos—. Pero un tú mismo más seguro, más tranquilo. Y recuerda: cuando te pregunten por tus negocios, habla de inversiones inmobiliarias en el extranjero, de viajes por Europa que hiciste hace años, de cosas que suenen remotas y elegantes, que no requieran muchos detalles. No entres en explicaciones largas. Y sobre todo… mírame como si realmente me amaras. Como si yo fuera lo más importante que tienes en el mund