El sol de la tarde brillaba sobre la acera, iluminando los pétalos rojos de docenas de rosas frescas que desprendían un aroma dulce y embriagador. Una elegante mujer vestida completamente de blanco caminaba con paso decidido hacia una lujosa camioneta negra que esperaba con la puerta abierta. En sus manos no llevaba nada, pero los treinta hermosos arreglos florales que acababan de salir de la pequeña tienda de la señora Marta ya estaban siendo acomodados por el chofer en la parte trasera del vehículo. Todo parecía listo para que ella se marchara, sin mirar atrás, sin detenerse un segundo.
Pero Marta, la florista, una mujer humilde con las manos manchadas de tierra y un delantal verde que ya tenía años de uso, dio un paso adelante y con voz firme la detuvo antes de que pusiera un pie dentro del automóvil.
—Señora, espere —dijo, con calma pero sin dudar—. Son 30 arreglos y no ha pagado ni uno.
La mujer rica se detuvo, giró lentamente la cabeza y la miró de arriba abajo con una expresión de absoluto desprecio, como si la florista fuera un estorbo en su camino. Una sonrisa burlona se dibujó en sus labios antes de responder con un tono que cortaba como un cuchillo.
—¿Pagar por esta basura? —soltó con desdén—. Agradece que no la tire aquí mismo. Mi evento es importante y casi no combinan con la decoración. Deberías darme las gracias por elegir tu tienducha.
Marta sintió cómo las palabras le golpeaban el pecho con fuerza. Esas rosas no eran simples flores para ella. Cada pétalo, cada tallo, cada lazo bien puesto representaba horas de esfuerzo, de cuidado, de amor por lo que hacía. Había seleccionado personalmente cada flor al amanecer, las había arreglado con paciencia durante toda la tarde, y gran parte de la noche anterior había estado preparando los detalles para que todo saliera perfecto. Esas ventas no eran lujos: eran la comida de su familia, los medicamentos de su madre enferma, la matrícula de su nieto que empezaría la escuela pronto. Y aquella mujer quería llevárselo todo como si no valiera nada.