La policía entró a su mansión creyendo que lo atraparían hasta que él levantó ese botón rojo y dijo esas palabras

La madrugada envolvía la mansión en un silencio pesado y oscuro, roto solo por el zumbido lejano de los aires acondicionados que mantenían frescos los ambientes lujosos. En la habitación principal, decorada con muebles de madera oscura, cuadros de artistas famosos y una cama king size con sábanas de seda blanca, el Patrón dormía plácidamente, acostumbrado a la seguridad que su poder y su dinero le habían comprado durante años. Era un hombre musculoso, de hombros anchos y presencia imponente, alguien que inspiraba miedo en cualquiera que se cruzara en su camino, alguien que creía tener todo bajo control.

Pero esa noche, el control se le escapó entre los dedos en cuestión de segundos.

La puerta de la habitación se abrió de golpe, golpeando contra la pared con un estruendo que lo despertó de inmediato. Un hombre joven con camisa blanca y rastas, uno de sus subordinados más leales, entró corriendo de forma desesperada, con el rostro pálido, el sudor bañando su frente y los ojos muy abiertos por el pánico. Se detuvo frente a la cama, jadeando por el aire, incapaz de hablar de inmediato por la carrera que había dado por los pasillos de la mansión.

—¡Patrón! —gritó finalmente, con la voz rota por la alerta, mientras señalaba frenéticamente hacia afuera—. ¡Patrón, es una emboscada! ¡Los policías están aquí! Rodearon toda la casa, vienen armados hasta los dientes, ¡entrarán en cualquier momento!

El Patrón se levantó de un salto de la cama, sujetando las sábanas con una mano para cubrirse, mientras su rostro se transformaba por completo. El sueño desapareció en un instante, dejando lugar a una furia ciega que le oscureció la mirada. Sus músculos se tensaron, sus mandíbulas se apretaron hasta doler, y sintió cómo la rabia le recorría las venas como fuego. Había pagado sobornos, había hecho tratos, había asegurado que nadie se atreviera a tocarlo… y aun así, lo habían traicionado. Alguien habló. Alguien lo vendió.

—¡Maldita sea! —rugió con una voz que retumbó en las paredes de la habitación, señalando a su subordinado con autoridad absoluta, sin dejar lugar a réplicas—. Tú quédate aquí. Cierra la puerta con llave, no dejes entrar a nadie. Si alguien se acerca antes de que yo vuelva, dispara sin preguntar. ¿Entendido?

El hombre de blanco asintió rápidamente, temblando de pies a cabeza, mientras el Patrón salía de la cama y corría hacia el vestidor para vestirse con la velocidad del rayo. Sabía que no tenía mucho tiempo. Cada segundo que pasaba acercaba más a los policías, y él tenía un plan que nadie esperaba. Un plan que convertiría a los cazadores en presas.