El testamento de la abuela

Doña Elena llevaba varios días fingiendo estar enferma. Permanecía acostada en una sencilla habitación, mientras el abogado esperaba en silencio junto a la puerta.

Aquella tarde, sus dos nietos llegaron a la casa.

Valeria entró mirando su reloj con impaciencia.

—Abuela, vine porque dijiste que era urgente. Tengo un vuelo en un par de horas. ¿Ya firmaste los documentos de la herencia?

Camilo, en cambio, se acercó a la cama y besó a su abuela en la frente.

—¿Cómo te sientes?

Doña Elena suspiró profundamente.

—Hijos, el médico me dio una mala noticia. Además, la empresa quebró y he perdido casi todo lo que tenía. Solo me queda esta casa y una deuda de veinte mil dólares. Necesito ayuda.

Valeria se levantó de inmediato.

—¿Nos llamaste para pedir dinero? No puedo creerlo. Pensé que veníamos a resolver lo de la herencia.

—Lo siento, hija —respondió la anciana—, pero necesito apoyo.

La joven tomó su bolso y caminó hacia la puerta.

—Yo no pienso gastar mi dinero. Bastante he trabajado para conseguirlo.

Camilo observó a su abuela y le tomó la mano.

—No te preocupes. Tal vez no tenga mucho, pero venderé mi automóvil y pediré un préstamo. Nunca te dejaré sola.

Las lágrimas aparecieron en los ojos de la anciana.

—¿Harías eso por mí?

—Claro que sí. Cuando era niño, tú siempre estuviste a mi lado. Ahora me toca a mí devolverte un poco de todo lo que me diste.

En ese instante, Doña Elena se incorporó lentamente y sonrió.

—Eso era exactamente lo que necesitaba escuchar.

El abogado abrió una carpeta y colocó varios documentos sobre la mesa.

—Todo quedó grabado, señora.

Camilo miró a su abuela con sorpresa.

—¿Grabado?

—La empresa nunca quebró —respondió ella—. Solo quería descubrir quién me amaba de verdad y quién solo estaba interesado en mi fortuna.

En ese momento, Valeria regresó para recoger el bolso que había olvidado. Al ver a su abuela de pie, se quedó paralizada.

—¿Qué significa todo esto?

Doña Elena la miró fijamente.

—Significa que acabas de renunciar a la herencia por tu propia ambición.

—Abuela, espera, yo puedo explicarlo.

—No hace falta. El dinero puede comprarse muchas cosas, pero el amor y la lealtad no están a la venta.

Al día siguiente, Camilo recibió las llaves de la casa de la playa y el control de la cadena hotelera de la familia.

Valeria, por su parte, comprendió demasiado tarde que la verdadera riqueza no estaba en la herencia, sino en el cariño de su abuela.