Don Miguel observaba en silencio el antiguo retrato de una niña que descansaba sobre la repisa de la sala. Habían pasado más de dos décadas desde su desaparición, pero jamás había perdido la esperanza de encontrarla.
De repente, la sirvienta de la casa se acercó lentamente con la mirada fija en la pintura.
—Señor, necesito hacerle una pregunta. ¿De dónde sacó ese retrato?
Don Miguel levantó la mirada con extrañeza.
—¿Por qué quieres saberlo?
La mujer respiró profundamente antes de responder.
—Porque conozco a esa niña.
El hombre se puso de pie de inmediato.
—¿Qué acabas de decir?
—La conocí cuando era pequeña.
La expresión de Don Miguel cambió por completo.
—No puede ser. Esa niña es mi hija. Desapareció hace veintitrés años y nadie volvió a saber de ella.
La sirvienta observó nuevamente el retrato y asintió con seguridad.
—Estoy completamente segura. Recuerdo su rostro, la pequeña marca que tenía en la muñeca y el collar que siempre llevaba consigo.
El hombre sintió que el corazón le latía con fuerza.
—¿Dónde está? Dime dónde está.
La mujer bajó la cabeza durante unos segundos.
—Hace algunos años la vi trabajando en un pequeño negocio a las afueras de la ciudad. Ella no sabía quién era en realidad porque la familia que la crió le ocultó la verdad.
Don Miguel tomó a la mujer de los brazos y la miró con desesperación.
—Por favor, llévame hasta ella.
Horas más tarde, ambos llegaron al lugar indicado. Allí encontraron a una joven que, al ver el retrato, dejó caer la caja que llevaba entre las manos.
—Ese collar… —susurró ella—. Lo he tenido conmigo toda la vida.
Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de Don Miguel.
Después de veintitrés años de búsqueda, el destino acababa de reunir nuevamente a un padre con su hija.