
Dicen por ahí que el buen hijo siempre vuelve a casa, y si regresa con los bolsillos llenos de aplausos y la bendición de su gente, mejor que mejor. Este viernes, el Molineux Stadium no se guardó absolutamente nada en los tinteros del alma.
Se desató la nostalgia pura, de esa que se respira esbelta en el ambiente, cuando Raúl Jiménez pisó de nuevo el césped que alguna vez devoró como el auténtico ‘Lobo de Tepeji’. Fue un reencuentro de esos que enchinan la piel, que aflojan las piernas y sacan la lagrimita indiscreta tras tres años de andar picando piedra y buscando fortuna con los vecinos del Fulham. El romance, señores, sigue intacto.
Anestesia general para un orgullo herido
La fanaticada de los Wolves anda estos días con el orgullo magullado, rumiando el trago amargo de una realidad de esas que calan hondo. No es para menos: les toca morder el polvo e iniciar la temporada desde las trincheras de la Championship, el purgatorio de la segunda división del balompié inglés.
Sin embargo, tener de vuelta a su romperredes de cabecera, al hombre que les enseñó a codearse con los gigantes, sirvió como una bendición y una anestesia general contra el pesimismo. La misión que el conjunto dorado tiene entre ceja y ceja no admite titubeos ni medias tintas: armar la hombrada, rifarse en cada cancha de la categoría de plata y regresar a la Premier League en un año, sin escalas, sin pretextos y con el cuchillo entre los dientes.
Por eso, cuando el reloj de la vida y del partido marcó los 69 minutos en el debut de la EFL Cup, el viejo inmueble de Wolverhampton se quería venir abajo. No importó que el marcador ya luciera un lapidario y tranquilo 3-0 a favor de los locales, ni que el rival en turno fuera el modesto Port Vale de la League Two, un cuadro que venía más a conocer el mapa y a tomarse la foto que a competir de tú a tú.
El verdadero clímax de la noche, el golazo que no se apunta en las estadísticas pero que se festeja con el corazón, ocurrió cuando se anunció el ingreso a la cancha del artillero mexicano.
El “Sí, señor” que retumba desde el alma
De inmediato, como si el tiempo se hubiera congelado en una cápsula de felicidad, reapareció el grito de guerra. Ese himno imbatible del “Sí, señor” volvió a brotar de las gargantas británicas, retumbando una y otra vez en las tribunas para cobijar al tipo que encandiló al Tricolor y brilló con luz propia en la pasada justa mundialista.
La geografía del Lobo cambió drásticamente; ya no le tocará medirse cada ocho días contra las plantillas multimillonarias y los escenarios de oropel del Manchester United, el Liverpool o el propio Fulham. Ahora el destino lo manda a raspar los tacos en las aduanas más bravas, frías y correosas de la Segunda División.
Pero al fanático de cepa, al que se desgañita en el tablón, eso le importó un soberano bledo: ver a Raúl correr de nuevo con la casaca dorada vale cada centavo que costó el boleto.
Jiménez regresa a los terrenos de la manada comandada por Vítor Pereira para reencontrarse con el idilio más sagrado, pasional y duradero de toda su carrera en el Viejo Continente. Atrás, muy atrás, sepultados por la resiliencia de un guerrero azteca, quedaron los fantasmas y las noches de incertidumbre que trajo aquel fatídico e histórico choque de cabezas el 29 de noviembre de 2020. Un accidente que congeló al mundo del fútbol, pero que no pudo apagar el fuego de su espíritu.
El Lobo que se comió la Premier League
Hoy, la memoria colectiva del Molineux prefiere invocar al Lobo que se comió viva a la Premier League sin pedirle permiso a nadie. Aquel ariete indomable, de zancada elegante y remate implacable, que en su primera era de oro (2018-2023) dejó una estampa imborrable y bendita: un total de 57 goles perforando las redes enemigas y 23 asistencias de pura clase en 166 compromisos oficiales, llevando al club incluso a morder los terrenos de la Europa League.
Raúl Alonso Jiménez está de vuelta en el redil. El Lobo regresó a marcar su territorio con el colmillo afilado, y en esta durísima Championship, los rivales ya se la huelen y empiezan a rezar, porque bien saben de qué lado masca la iguana cuando el mexicano anda suelto.
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