La calle empedrada estaba envuelta en una oscuridad casi absoluta, rota apenas por los faroles antiguos de hierro forjado que proyectaban sombras alargadas y temblorosas sobre las piedras irregulares del suelo, desgastadas por siglos de pasos y de lluvia. El aire fresco de la noche traía consigo el olor a humo de lejanas chimeneas, a tierra mojada por la lluvia de horas antes y a jazmines que crecían salvajes en los balcones de las casas antiguas. El único sonido que rompía el silencio profundo del barrio era el de una guitarra acústica, dulce, melancólica y un poco solitaria, que una joven mujer hacía sonar apoyada contra un muro de piedra gastada por el tiempo y por la humedad. Llevaba ropa sencilla, una chaqueta de cuero negra desgastada por el uso y el frío, el cabello oscuro recogido con una cinta vieja, y tocaba con los ojos cerrados, perdiéndose en la música que salía de sus dedos callosos por años de práctica callejera, de noches frías tocando para monedas que la gente dejaba en su estuche abierto a sus pies. Era su mundo, su refugio, su forma de sobrevivir, y creía conocer cada rincón de esa vida sencilla y predecible… hasta que el sonido de un motor potente y perfectamente silencioso se acercó desde la esquina oscura.
Un auto negro de lujo, largo y brillante como la noche misma, se detuvo suavemente justo frente a ella, sus luces bajas iluminando a la joven y su guitarra como si fuera el centro de un escenario que nunca había pedido pisar. Las puertas se abrieron sin hacer el más mínimo ruido, y de él bajó Alejandro, un hombre vestido con un traje impecable de color oscuro que parecía absorber la luz de los faroles, con porte de poder absoluto y una mirada seria, profunda, que no dejaba traslucir ninguna emoción. No se presentó, no dio explicaciones innecesarias, no sonrió ni mostró ninguna cortesía superficial. Simplemente sacó de su bolsillo interior un fajo grueso de billetes, bien doblado, y se lo ofreció directamente a ella con una urgencia que se notaba en cada músculo de su cuerpo, en la forma en que miraba constantemente hacia atrás como si temiera que alguien los observara desde las sombras.
—Te necesito esta noche en mi mansión —dijo él con voz baja y firme, sin rodeos, como si el tiempo le estuviera corriendo por encima—. Es un asunto de vida o muerte. No puedo decirte más ahora, pero tienes que confiar en mí.
La joven dejó de tocar de golpe. Sus dedos se quedaron suspendidos sobre las cuerdas de la guitarra, y lo miró con desconfianza y confusión mezcladas, sin entender por qué un hombre como él, que claramente podía contratar a cualquier músico famoso del mundo, necesitaría a una música callejera que tocaba en las calles empedradas para un asunto que él calificaba de vida o muerte. La situación no encajaba por ningún lado, y una alerta interna le dijo que debía alejarse, pero al mismo tiempo la curiosidad y la promesa de dinero que podría cambiarle la vida la mantuvieron allí, de pie frente a él.
—Solo soy una música callejera —respondió ella, apartando la mirada por un instante hacia el auto lujoso y luego volviendo a clavarla en sus ojos oscuros e inescrutables—. No tengo nada que hacer en una mansión. No pertenezco a lugares así, usted debe estar equivocado de persona.
Alejandro no se inmutó por su rechazo, ni siquiera frunció el ceño. Hizo un gesto rápido con la cabeza hacia el vehículo que esperaba con el motor encendido y las luces interiores apagadas, y sus palabras sonaron como una orden disfrazada de promesa que no admitía negativa.
—Mi chofer vendrá por ti en unos minutos y te traerá todo lo necesario para la ocasión —continuó él, mirándola fijamente a los ojos para asegurarse de que entendiera la gravedad extrema del asunto—. No te preocupes por absolutamente nada, él se encargará de todo.
La joven frunció el ceño, sintiendo que algo extraño, oscuro y peligroso se ocultaba detrás de toda aquella escena que no encajaba en su realidad de música callejera. Necesitaba saber a qué se estaba enfrentando antes de aceptar cualquier cosa, antes de subir a un auto desconocido hacia una mansión de la que no sabía nada.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer exactamente una vez allí? —preguntó ella, con la voz teñida de alerta, apretando un poco más el mástil de su guitarra contra su pecho como si fuera su única protección.
Alejandro se inclinó ligeramente hacia adelante, bajando la voz hasta convertirla en casi un susurro, como si temiera que las mismas paredes de piedra y los mismos árboles lo escucharan y repitieran sus palabras, y cada instrucción que salió de su boca dejó una sensación de frío húmedo en el aire de la noche.
—Solo toca la guitarra cuando te lo pidan —dijo él lentamente, enfatizando cada palabra como si su vida dependiera de que ella lo entendiera perfectamente—. Y lo más importante, lo que nunca debes olvidar: no hagas preguntas sobre lo que veas dentro de la mansión. Nada. No comentes, no juzgues, no reacciones. Solo toca.
Sin esperar a que ella respondiera sí o no, le entregó una tarjeta negra de superficie mate, fría al tacto, con un símbolo dorado grabado en el centro que ella no reconoció en absoluto, y se dio la vuelta rápidamente para regresar a su auto, que se alejó en silencio por la calle empedrada dejándola sola otra vez. La joven se quedó inmóvil en medio de la acera, sosteniendo la tarjeta entre sus dedos, sintiendo que el objeto pesaba mucho más de lo que debería, como si llevara dentro el peligro mismo. Con manos un poco temblorosas, la giró despacio para leer lo que estaba impreso en letras doradas relucientes en el reverso, y su sangre se heló en las venas al leer el mensaje corto y siniestro: CUANDO ESCUCHES LA ÚLTIMA CANCIÓN, NO CONFÍES EN NADIE. Su rostro se transformó de inmediato, borrando toda duda y curiosidad para dejar paso a una alerta profunda, a la certeza absoluta de que acababa de aceptar entrar en algo mucho más grande, mucho más oscuro y mucho más peligroso que una simple noche de música en una mansión de ricos.
Minutos después, tal como lo había prometido Alejandro, un segundo vehículo oscuro, igual de lujoso y silencioso que el primero, se detuvo frente a ella con una precisión casi inquietante. Un chofer uniformado, impecable, serio, con la cara como una máscara de piedra que no revelaba absolutamente nada, salió del auto sosteniendo una elegante caja negra con el mismo símbolo dorado de la tarjeta, y se acercó a ella con pasos firmes y perfectamente silenciosos. Se detuvo justo frente a la joven y le extendió la caja con ambas manos, sin sonreír, sin saludar, sin decir una palabra más de la estrictamente necesaria.
—El señor Alejandro dijo que usaras esto esta noche —dijo el chofer con voz neutra, plana, completamente desprovista de emoción, como si estuviera leyendo un manual de instrucciones.
La joven tomó la caja con cuidado, sintiendo que el corazón le latía más rápido de lo normal, golpeándole las costillas con fuerza contra la chaqueta de cuero, y la abrió despacio, temiendo un poco lo que encontraría dentro. En su interior, perfectamente doblado sobre una tela de seda negra, había un vestido negro formal, elegante, caro, que contrastaba violentamente con su ropa de música callejera, con sus zapatos gastados, con toda su vida hasta ese momento. Junto a él, un sobre cerrado de papel grueso llevaba impreso el mismo símbolo dorado misterioso que todo lo demás, que parecía marcarla como parte de algo que aún no comprendía. Miró hacia arriba, hacia el chofer que la observaba en silencio absoluto, con una mirada fija y vacía que no revelaba nada, y la pregunta que le quemaba los labios desde que Alejandro se había ido salió sin poder contenerse.
—¿Quién es realmente Alejandro? —preguntó ella con voz baja, buscando desesperadamente cualquier rastro de información, cualquier pista, cualquier expresión en el rostro del hombre que le dijera qué clase de mundo acababa de entrar.
El chofer no respondió. Ni siquiera parpadeó. Simplemente la observó fijamente en total silencio, sus ojos inescrutables, su postura rígida e inamovible, sin darle ni una sola pista más, sin romper por un segundo su máscara de profesional perfecto. El silencio de la calle se volvió de repente más pesado, más cargado de misterio y de amenaza latente, y la joven supo entonces que al subir a ese auto no solo iría a tocar guitarra en una mansión llena de gente rica: entraría en un juego de secretos donde nadie era lo que parecía, donde cada mirada ocultaba algo, y donde la advertencia escrita en dorado sobre la tarjeta negra podría ser la única cosa que le salvaría la vida cuando sonara la última canción.