
Muerto el perro, se acabó la rabia y eso fue justamente lo que parece ser la decisión que asumió el alto mando de la National Football League (NFL) al colocar el último clavo en el ataúd del famoso Pro Bowl después de siete décadas y media de vida.
La decisión llegó motivada a escasas semanas de que ruede el ovoide en la campaña regular por una cruda realidad comercial que apunta al nulo interés de los aficionados por sintonizar el encuentro y a la apatía de las propias superestrellas por ponerse los cascos en un juego donde ya nadie quería arriesgar el físico.
La campaña de este año, que tiene programado su arranque para el próximo miércoles nueve de septiembre, marcará un hito histórico al convertirse en la primera ocasión desde la lejana temporada de mil novecientos cincuenta y uno en la que el famoso partido de exhibición desaparece del mapa.
A pesar del carpetazo al juego, la distinción no morirá del todo, ya que los altos mandos determinaron que se mantendrán los reconocimientos individuales para condecorar a los ochenta y ocho mejores atletas de la temporada.
El proceso de selección mantendrá su mística habitual mediante el voto tripartito de los aficionados, la prensa especializada y los propios jugadores para definir a los cuarenta y cuatro integrantes de cada conferencia.
La diferencia radica en que los elegidos ya no tendrán que viajar para participar en un duelo sin intensidad y en su lugar, simplemente recibirán parches conmemorativos para lucir en sus uniformes oficiales junto a una línea de mercancía exclusiva que servirá como consuelo para los galardonados.
La única gran liga norteamericana que decide comer en mesa separada
Con este golpe sobre la mesa, el fútbol americano se convierte en la única organización de las llamadas cuatro grandes disciplinas del deporte estadounidense que se queda sin un juego de estrellas anual en algo que pareció ser una tradición que nunca acabaría y que pudo ser modificada y modernizada, pero jamás se llegó a pensar en cortarle la existencia.
Mientras los circuitos de las Grandes Ligas de Béisbol (MLB) la Major League Soccer (MLS), la National Basketball Association (NBA) y la liga de hockey dedican un fin de semana completo en sus calendarios para apapachar a sus fanáticos con un choque de titanes, la NFL prefirió bajarse de ese barco antes de dar el silbatazo inicial.
La decisión de los propietarios demuestra que el negocio de los emparrillados no se tienta el corazón cuando un producto deja de generar billetes verdes en las taquillas y en los niveles de audiencia televisiva. El evento había pasado de ser una auténtica fiesta en Hawái a convertirse en un formato descafeinado de habilidades que terminó por cavar su propia tumba en el gusto del público.
Un arranque histórico a mitad de semana y con destino internacional
Para calmar las aguas y compensar la pérdida de su juego estelar, la liga preparó un calendario que promete emociones desde el primer segundo. La patada de salida se dará de forma inédita un miércoles por la noche, rompiendo con la vieja costumbre del jueves por la noche y regalando a la fanaticada una reedición del pasado Super Bowl sesenta que promete sacar chispas en las pantallas de millones de hogares.
Por si fuera poco, la internacionalización del torneo alcanzará latitudes nunca antes exploradas apenas veinticuatro horas después del arranque oficial. El diez de septiembre, las franquicias de Los Angeles Rams y los San Francisco 49ers se verán las caras en la ciudad de Melbourne.
Una decisión atrevida, mas no descabellada, en lo que será el primer partido oficial de la temporada regular disputado en territorio australiano, abriendo un mercado multimillonario que busca sepultar de una vez por todas la nostalgia por el desaparecido juego de estrellas.
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