🔴 PARTE 2 — Un hombre rico la contrató para tocar guitarra… pero le dio una TARJETA DE MUERTE

La mansión se alzaba sobre la colina como una fortaleza de sombras y luces doradas, rodeada de jardines oscuros donde los árboles parecían guardianes silenciosos. El auto se detuvo frente a una escalinata de mármol, y al entrar, el silencio la recibió antes que cualquier persona. El vestíbulo era inmenso, con techos altos y cuadros antiguos que parecían observarla desde las paredes. Nadie le dio la bienvenida. El chofer la dejó sola junto a una puerta doble de caoba tallada y se marchó sin decir una palabra, dejándola con el corazón latiéndole contra la garganta.

Respiró hondo, apretó la tarjeta negra en su mano y entró.

El salón principal estaba lleno. Una treintena de personas vestidas de etiqueta estaban de pie, en círculo, hablando en susurros. No había música, ni risas, ni el bullicio de una fiesta normal. Todos callaron al verla entrar. Treinta pares de ojos la recorrieron de arriba abajo, sin amabilidad, sin calidez, como si estuvieran examinando un objeto, no una persona. Al fondo, en un estrado elevado, estaba Alejandro. Ya no era el hombre apresurado de la calle. Vestía un esmoquin perfecto y su postura era la de un rey en su trono. Le hizo una seña con la mano, y ella caminó hacia él sintiendo que cada paso pesaba una tonelada.

—Toca —le dijo él sin levantar la voz, pero todos lo escucharon—. Y no dejes de tocar pase lo que pase.

Se sentó frente a un pequeño escenario, su guitarra esperándola sobre una silla de terciopelo rojo. Empezó a tocar. Las notas llenaron el salón, dulces y temblorosas al principio, luego más firmes. Mientras sus dedos se movían, sus ojos no dejaban de observar. Nadie bebía, nadie comía, nadie se movía más de lo necesario. Todos esperaban algo. Cada tanto, alguien miraba un reloj, intercambiaba una mirada breve con otro y volvía a mirarla a ella. La atmósfera era densa, cargada de una tensión que casi se podía tocar.

Pasaron los minutos. Tocó una canción, luego otra. Y entonces lo vio.

En la pared del fondo, detrás de un cortinaje pesado, había una figura inmóvil. Una sombra que no debería estar allí. Alguien la observaba desde la oscuridad. Sus dedos tropezaron con una cuerda y el sonido salió discordante. Varios invitados fruncieron el ceño. Alejandro la miró fijamente, una advertencia clara en sus ojos. Ella siguió tocando, pero ahora su respiración se aceleró.

La puerta principal se abrió de golpe.

Todos se giraron al unísono. Entró un hombre mayor, tambaleándose, con la camisa manchada de rojo oscuro. Sangre. Casi no podía mantenerse de pie. Se apoyó en el marco de la puerta y buscó con la mirada a Alejandro.

—Traicionaste… —alcanzó a decir con voz quebrada, antes de desplomarse.

El pánico estalló en el salón, pero no el pánico de gente asustada: era un caos controlado, frío, calculado. Algunos sacaron teléfonos, otros se acercaron al hombre caído sin siquiera agacharse para ayudarlo. Alejandro se levantó de un salto, su mirada ya no era de calma, era de peligro puro. Gritó una orden que ella no entendió, y en medio del ruido, alguien se acercó a ella. Era una mujer con un vestido verde, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Se inclinó hacia ella y le susurró al oído, casi sin voz:

—Sigue tocando. No mires a nadie. Y recuerda lo que dice la tarjeta. Nadie es quien dice ser.

La mujer se alejó antes de que pudiera preguntar nada. La música se había detenido. El silencio volvió a caer, más pesado que antes. Alejandro caminó hacia ella, lento, deliberado. En su mano brillaba algo metálico. No era un arma… pero tampoco era inocente. Se detuvo frente a ella y habló para que todos escucharan:

—La última canción —dijo él, señalando la guitarra—. Tócala. Y cuando termines, sabrás la verdad sobre por qué estás aquí.

Sus dedos temblaban sobre las cuerdas. Recordó la tarjeta negra: CUANDO ESCUCHES LA ÚLTIMA CANCIÓN, NO CONFÍES EN NADIE. Miró a la mujer del vestido verde. Ella le negó con la cabeza, apenas un movimiento imperceptible. Miró al hombre caído en el suelo, que la miraba con los ojos entreabiertos, moviendo los labios formando una sola palabra: huye.

Alejandro esperaba. Todos esperaban. Ella tomó aire, apretó la guitarra contra su pecho como un escudo, y empezó a tocar la última canción. No era una melodía que conociera. Algo la guió, algo que venía de más allá de su memoria. Las notas llenaron el salón, y a medida que tocaba, vio lo que nadie más parecía notar: cada persona allí presente tenía el mismo símbolo dorado que su tarjeta, oculto en un anillo, un broche, un bordado. Todos pertenecían a lo mismo. Y ella… ella era la única extraña.

La canción terminó con una nota larga, sostenida, que se fue apagando lentamente. El silencio que siguió fue absoluto. Alejandro no se movió. Nadie se movió. Entonces él habló, y su voz ya no era la del hombre que la contrató en la calle:

—Bienvenida —dijo—. Ahora eres una de nosotras.

Ella sintió que el mundo se le caía encima. No la habían contratado para tocar. La habían elegido para algo mucho más oscuro. La tarjeta, la canción, la mansión… todo era una prueba. Y acababa de pasarla.

La mujer del vestido verde se acercó de nuevo, esta vez sin susurrar, con una mirada llena de lástima y de advertencia a la vez:

—La puerta por la que entraste ya está cerrada —le dijo—. Nadie sale de aquí. Pero si juegas bien tus cartas… nadie te hará daño.

Alejandro extendió la mano. En su palma descansaba otra tarjeta negra, igual a la primera, pero con un número grabado debajo del símbolo: 001.

—Tu turno empieza ahora —dijo él—. Toca de nuevo. Esta vez, para ti.