El piloto se mantuvo firme frente a ellas, con la mirada fría y dura, sin mostrar ni un ápice de compasión.
—Déme los tiquetes —ordenó con voz cortante.
La mujer, con una pequeña esperanza latiendo en el pecho, se los entregó con manos temblorosas.
—Aquí están —dijo suavemente—. Todo ya está pagado, todo confirmado.
El piloto ni siquiera se molestó en revisarlos.
—Ustedes no van a viajar.
La mujer dio un paso adelante, confundida y alarmada.
—¿Por qué? Si cumplimos con todo… si cada centavo está pagado.
Sin decir una sola palabra más, el piloto tomó los papeles entre sus manos y los rompió en pedazos, dejando que los trozos cayeran lentamente al suelo, como si fueran simples restos sin ningún valor.
La niña se aferró con fuerza a la falda de su madre, y las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas.
—Mamá… —sollozó— ¿por qué no nos dejan ir? ¿Qué hicimos mal?
La mujer se arrodilló para abrazarla, con la garganta cerrada por la angustia.
—No lo sé, mi niña… no lo sé.
El piloto apartó la vista de ellas y se llevó el auricular a la boca.
—Ya les quité los tiquetes —informó con total calma.
Al instante, una voz fría y distante respondió desde el otro lado:
—Perfecto. Ahora que se vayan.
¿Quieres que escriba lo que pasa después, o le añada más detalles dramáticos?