Javier llevaba meses trabajando bajo el sol, cuidando cada rincón de su sembradío de maíz. Sus manos estaban llenas de tierra y de esfuerzo, pero una sonrisa iluminaba su rostro al ver cómo la cosecha crecía.
De repente, su hermano apareció caminando lentamente por el sendero.
—Javier… debo reconocer que tu sembradío está muy bonito.
Javier apoyó el azadón en el suelo y sonrió.
—Ha costado mucho trabajo, hermano, pero poco a poco el esfuerzo está dando sus frutos.
Su hermano bajó la mirada y respiró profundamente.
—Precisamente por eso vine a buscarte. Decidí aceptar ser tu socio. Quizá ya no tenga mucho dinero para invertir, pero compensaré eso con trabajo.
Javier le dio una palmada en el hombro.
—Hermano, créeme que esa es la mejor decisión que has tomado.
El hombre guardó silencio durante unos segundos.
—Debí escucharte desde el principio. Lucía me convenció de abandonar el campo y apostar todo nuestro dinero a un negocio que parecía perfecto. Lo perdimos todo.
Javier suspiró y miró la inmensa plantación.
—El dinero fácil desaparece rápido, pero el trabajo honrado siempre deja algo bueno.
Su hermano levantó la vista y, con lágrimas en los ojos, preguntó:
—¿Todavía puedo comenzar de nuevo?
Javier sonrió.
—Mientras tengas fuerzas para trabajar, nunca será demasiado tarde.
Y aquel día, los dos hermanos volvieron a sembrar la tierra que había unido a su familia. 🌽