PARTE 2: Llamó a seguridad… y ordenó sacar a 3 personas del edificio

La puerta de cristal de la sala de juntas se cerró tras de él con un sonido suave pero definitivo, dejando atrás el silencio de pánico y la mirada aterrorizada de los empleados que segundos antes creyeron tener el poder de humillar a quien quisieran. El nuevo director, Mateo Valencia, caminó firmemente por el lujoso pasillo de la empresa con la cabeza alta, sin importarle que el agua fría de la jarra que le habían arrojado le siguiera escurriendo por el traje negro, mojando la alfombra de seda persa que cubría el suelo de mármol pulido. Cada gota que caía de su barbilla, del borde de su chaqueta, de las mangas empapadas, marcaba su paso sobre el tejido caro como una señal de que nada volvería a ser igual en esa empresa desde ese momento.

Los empleados que se cruzaban en su camino se detenían boquiabiertos, mirándolo con sorpresa y confusión: sabían que era el nuevo director, lo habían visto entrar apenas unos minutos antes, pero no entendían por qué estaba empapado como si hubiera salido de una tormenta, ni por qué su expresión era tan fría, tan autoritaria, tan cargada de una determinación que hacía temblar los cimientos del lugar. Él no les prestó atención. No tenía tiempo para explicaciones. Su mente ya estaba trabajando con la claridad fría de quien sabe que tiene que limpiar una casa llena de podredumbre antes de poder empezar a construir nada nuevo.

Sacó lentamente su teléfono móvil del bolsillo interior de la chaqueta empapada, lo desbloqueó con un movimiento rápido y seguro, y marcó el número directo de la jefatura de seguridad de la empresa. Cuando le respondieron al otro lado de la línea, su voz no tembló ni un ápice, no mostró rastro de la humillación que acababa de sufrir. Era la voz de un mando absoluto, de quien sabe exactamente lo que quiere y lo que va a pasar a continuación.

—Seguridad, suban inmediatamente a la sala de juntas principal —ordenó con calma, sin necesidad de gritar para imponer su autoridad, mientras seguía caminando por el pasillo con paso firme y constante, sin detenerse ni un segundo.

Hizo una pausa breve, escuchando la respuesta afirmativa del otro lado, y añadió con una frialdad que heló la sangre de quien lo escuchaba:

—Y vengan preparados para escoltar a tres personas fuera del edificio. No quiero discusiones, no quiero demoras. Hagan lo que tengan que hacer para que salgan de inmediato.

Colgó la llamada sin esperar más preguntas, guardó el teléfono en el bolsillo y siguió caminando unos pasos más hasta detenerse frente a las puertas metálicas de los ascensores principales. Se quedó de espaldas a la cámara, mirando fijamente su propio reflejo borroso en las puertas pulidas: el traje negro empapado que se pegaba a su cuerpo, el agua que aún le caía del cabello corto y de la barba recortada, los ojos profundos y serenos que no mostraban rencor pero sí una determinación de hierro. Sabía perfectamente quiénes eran las tres personas que ordenó sacar: Roberto, el empleado arrogante que le había arrojado el agua; Laura, la mujer que lo había insultado por su olor a obra; y un tercer empleado que había estado riéndose por lo bajo de la humillación, que él ya había identificado en su investigación previa como el responsable de varias irregularidades en las contrataciones.

En ese preciso instante, su teléfono volvió a vibrar en el bolsillo, esta vez con una llamada entrante del equipo de seguridad que él mismo había enviado días atrás a revisar los registros financieros y las contrataciones de la sucursal, antes de presentarse oficialmente. Sabía que si llamaban en ese momento, era porque habían encontrado algo importante, algo que no podían esperar a contarle. Sacó el teléfono, miró el identificador de llamadas y contestó de inmediato, con una pequeña arruga de preocupación cruzando su frente por primera vez desde que entró a la sala de juntas.

—¿Qué encontraron? —preguntó con voz baja, firme, mientras las puertas del ascensor empezaban a abrirse lentamente detrás de él, revelando la cabina iluminada que lo llevaría a su nueva oficina.

La voz del jefe de seguridad sonó tensa, grave, del otro lado de la línea, y Mateo escuchó las primeras palabras con los ojos entrecerrados, entendiendo de inmediato que lo que acababan de descubrir en los archivos ocultos de la empresa era todavía peor, mucho más grave, que la humillación pública que había sufrido en la sala de juntas. Y que los cambios que venía a implementar serían mucho más profundos y dolorosos de lo que nadie se atrevía a imaginar.