ESCENA: CALLE DE LA CIUDAD – DÍA CLARO

La pareja camina tranquila entre la gente, hasta que la Novia se detiene en seco, como si hubiera visto un fantasma. Frente a ellos, en la sombra del callejón, está él. Ella se lleva una mano a la boca y señala temblorosa. El Novio cruza los brazos, observando con seriedad.

LA NOVIA
(La voz le tiembla, cargada de dolor y decepción)
¡Dios mío… Ese hombre tirado ahí, perdido en su propio mundo… es mi ex prometido! Desde que nuestros caminos se separaron hace quince años, parece que no ha hecho otra cosa que ahogar su pena en la bebida.

El Novio la escucha, pero algo cambia en su mirada. Recorre la figura del hombre en el suelo lentamente. Lo que empieza como compasión se transforma en una sorpresa exagerada y brillante. Abre mucho los ojos, levanta ambas manos como si estuviera presenciando un milagro y esboza la sonrisa más deslumbrante.

EL NOVIO
(Con admiración fingida y voz potente)
¡Increíble! ¡Simplemente espectacular! He visto muchas formas de festejar, pero… ¡nunca había conocido a alguien capaz de mantener la fiesta durante QUINCE AÑOS SEGUIDOS! ¡Eso sí que es dedicación!

El hombre en el suelo no se inmuta, sigue ajeno a todo. La Novia gira la cabeza hacia él con los ojos muy abiertos, sin saber si enfadarse o llorar. El Novio no puede contenerse y estalla en una carcajada sonora, triunfal, mientras se aleja orgulloso arrastrando a su pareja.

EL NOVIO
(Aún riendo con fuerza)
¡Jajajajaja! ¡Hay que tener resistencia, amigo! ¡Eso sí que es amor propio!