En una oficina ejecutiva moderna y sobria, el jefe entra visiblemente alterado y deja caer su maletín sobre el escritorio. Una empleada de limpieza trabaja cerca con la aspiradora.
—¡Maldita sea! —exclama él, hablando solo—. Los números no cuadran. Si no hallo el error en este informe antes de la reunión de las diez, el banco cerrará nuestras cuentas. ¡Estamos arruinados!
La mujer apaga la aspiradora, se acerca con calma y echa una mirada al documento abierto.
—Señor, si me permite —dice con serenidad—, el fallo no está en los ingresos. Está en la tasa de cambio de las operaciones internacionales del tercer trimestre: han usado la del año pasado en lugar de la vigente.
El jefe se queda inmóvil, mirándola sin dar crédito.
—¿Cómo puedes saberlo? ¿Entiendes de finanzas?
—Estudié Economía y Finanzas en mi país antes de venir aquí —responde ella con seguridad—. Las cifras son un lenguaje universal.
Él, entre la desesperación y la sorpresa, le pregunta:
—¿Podrías corregir el informe y recalcular las proyecciones?
Ella toma un bolígrafo con firmeza y le dice:
—Puedo hacerlo, pero a cambio quiero dejar de limpiar oficinas y pasar a su equipo de análisis.
El jefe guarda silencio unos instantes, comprendiendo que tiene ante sí la solución que buscaba.
—Empieza ahora mismo —contesta—. Si esto funciona, el puesto es tuyo.
La mujer sonríe levemente y se pone a trabajar con concentración, mientras él la observa asombrado por su capacidad y determinación.
A veces las mejores soluciones llegan de donde menos se esperan. ¿Logrará este cambio darle el giro definitivo a su vida profesional?