Cruz Azul repite las viejas mañas de siempre y firma una nueva cruzazuleada en la Leagues Cup

Cuando toda la sufrida fanaticada celeste ya cantaba victoria y juraba que el fantasma de la “cruzazuleada” estaba bien enterrado, tres metros bajo tierra y con tres candados, pero de pronto salió del clóset y puso al Cruz Azul fuera de la Leagues Cup al caer con Chicago Fire 2-1.

El equipo venía en plan grande, jugando con el cuchillo entre los dientes y con esa mística ganadora que Joel Huqui les había inyectado en las últimas nueve jornadas. El plantel se la creía, la tribuna se ilusionaba y el cielo volvía a ser azul. Pero llegó el maldito décimo partido y la malaria de siempre, esa que parece tatuada en el ADN cementero, regresó para apachurrarle el corazón a los de siempre.

El escenario estaba pintadito para una noche de fiesta. A la Máquina le bastaba con amarrar el partido, pasear el balón y aplicar la vieja confiable de congelar el juego para meterse caminando a la siguiente ronda de la Leagues Cup.

Cruz Azul puso a todos con los pelos de punta

Pero como a este equipo le fascina el cine de terror, decidieron poner a todos con los pelos de punta. El trámite se les empezó a venir encima, las piernas les pesaban como si trajeran cemento en los tenis y la zozobra se olió a kilómetros.

Para colmo de males, en el último suspiro del encuentro, cuando ya casi nos íbamos a los penales, el Chicago Fire les pintó la cara de la forma más dolorosa posible: un gol agónico de último minuto que cayó como balde de agua fría y mandó a los muchachos de Huqui derechito a casa, con la cola entre las patas y por la puerta de atrás de este torneo binacional que se juega con los vecinos del norte.

El pecado más grande de estos celestes fue la soberbia. Los muchachos saltaron a la cancha gringa subidos en un ladrillo, creyendo que con el puro peso de la camiseta, el uniforme reluciente y presumiendo los trofeos del pasado —como la Liga y el Campeón de Campeones— los gringos se iban a espantar solos y a pedirles autógrafos.

Pero oh sorpresa, al “Fuego” de Chicago le importó un carajo el abolengo mexicano y les terminó quemando las manos. La realidad les explotó directo en el rostro por andar jugando a medio gas, flotando en la cancha y demostrando que a este torneo le pusieron el mismo interés que a una junta de vecinos en domingo por la mañana.

Lo verdaderamente preocupante de este chistecito es que la eliminación firma el primer gran fracaso de la era de Joel Huqui en el banquillo celeste. Al estratega, que venía con aura de salvador, de pronto se le quemaron los papeles por completo y se le borró la pizarra.

Se notó a leguas que no tuvo argumentos para reaccionar cuando las papas quemaban, y lo peor es que su ofensiva nomás no camina: sigue sin encontrar la fórmula mágica para hacer que el “Toro” Fernández y Nico Ibáñez se entiendan en la cancha, pues en lugar de armar una dupla de miedo, parecen dos extraños chocando en el área.

Y vaya que se extraña a kilómetros la velocidad, el descaro y la chispa del africano Christian Ebere, el único que le ponía sabor al caldo y que ponía a temblar a las defensas rivales con su puro cambio de ritmo.

Ahora no van a faltar los optimistas de siempre que salgan a maquillar el asunto diciendo que Cruz Azul le puso seriedad y que “se intentó”. Pero dejémonos de cuentos chinos: la cruda realidad es que al flamante monarca del fútbol mexicano le faltaron piernas, le faltó corazón y, sobre todo, le faltó barrio para dar la cara en el momento de la verdad.

El conjunto de Huqui tiene chispazos de buen fútbol, de eso no hay duda, pero en la zona donde se ganan los partidos, ahí donde se define a los hombres, el equipo se nubla por completo y pasan estos dramas telenoveleros donde se tratará de maquillar un nuevo fracaso cementero.

Porque a los celestes no es posible que se les apague el foco, se les vaya la luz en un abrir y cerrar de ojos, para dejarte fuera de la fiesta grande de la Leagues Cup y regresar a comer tierra, aguantar la carrilla y regresar a entrenar con la cabeza abajo.

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